Quien manda aquí

La apabullante imagen me arremete con furia. Los diálogos se superponen y las acciones transcurren anticipándose ahora y demorándose más tarde. Los personajes se moldean entre ellos, se funden y se generan constantemente. Todos están pendientes del proceso productivo. Ellos, en querer saber en dónde serán mejor aprovechados y en cuál situación estarán más convenientes; yo, en pretender ubicarlos sin errores en el lugar justo y en el momento adecuado.

Es un relámpago. Es un instante creativo, fugaz.

Claro que aquí es cuando topo con el frenesí que demuestran incesantes pues se saben involucrados; soberbios y encantados de haber logrado hacerse visibles luchan sin descanso influenciando aquí, torciendo sus posturas allá, tiranizándome, esclavizándome con excelsa gracia para que al final ceda a ese impulso, tan íntimamente personal, de permitirles el estrellato que tanto añoran. Esos, que ni siquiera han nacido todavía, ya tienen tal pujanza y energía que es por pura fuerza interior y capricho que se lo permito, aún cuando ya hace eternos instantes que me convencieron que deberían figurar en primera plana.

Ahora ya están revoloteando, sus alas se despliegan y sus aleteos despeinan renglones enteros a tal punto que hay momentos en que han ocupado tanto espacio que no hay lugar a nada más. Ni siquiera permiten que se les retoque, nada de viles reescrituras reclaman ufanos, acéptanos dicen, sé coherente.

Entonces, ya más condescendiente después del autoconvencimiento, empiezo a tener atrevimientos que, pienso, más tarde lo agradecerán cuando ellos mismos descubran en qué se han metido. Y con quién se han metido. Ellos saben que no ha sido en vano; han confabulado y se han puesto, otra vez, de acuerdo en manipular subrepticiamente mis reflejos para pasar desapercibidos… como si no me hubiera percatado de sus habilidades… como si fueran ellos los que dictan… como si supieran qué es lo que más les conviene.

Así es, que me he acostumbrado a esperarlos, mal que me pese pues no podría obligarlos a que se hicieran adultos por mero voluntarismo. Ellos tienen permanentemente presente su poder. Yo presiento que podré con ello.

Y cuando lo consigo los ligo, los encadeno para toda la eternidad a la roca que será su inmutable ancla. Por eso andan con cuidado conmigo; por eso cuando se presentan ya vienen vestidos para la fiesta y sólo esperan que les encuentre el mejor color para sus pálidos maquillajes. Confían en mí y aunque en otros tiempos, ellos claro que lo saben, eran marionetas titilantes y escurridizas que temblaban cada vez que me veían tomar la tijera de cortar sus hilos, ahora se sienten mucho más seguros y andan campantes por toda la casa y hasta se vienen conmigo a los lugares más recónditos.

He intentado ensalzarlos, o en el peor de mis delirantes egoísmos marchitarlos prematuramente. O simplemente dejarlos apenas olvidados por unas pocas líneas, cuando persisten en hacerse ver, hacen piruetas a temerarias alturas tan sólo para saberse atendidos, se atreven a juegos peligrosos caminando entre las fieras y pretendiendo domarlas sin siquiera una silla y todo y nada más que por sus irrefrenables personalidades.

Aquella arrolladora imagen que se apareció al principio como por encanto, se va a mantener, va a perdurar y embellecerse. Ya no hay marcha atrás. Ya estamos fundidos entre todos.

Al final, se ríen satisfechos de creer que hicieron lo correcto. Obvio que no saben que los conozco desde siempre, que era yo quien los tenía aprisionados y que al fin y al cabo ya era hora que les pusiera nombre y apellido.